La carretera que baja hacia Cadaqués es una de las mejores de Europa, y también una advertencia. Curva tras curva sobre la roca pelada del Cap de Creus, sin un árbol que pare la tramontana, hasta que de pronto, al fondo de la bahía, aparece el pueblo blanco contra el azul.
Dalí vivió al lado, en Portlligat, y eso lo explica todo y no explica nada. El paisaje ya era surrealista antes de que él llegara: la piedra retorcida por el viento, las calas imposibles, esa luz dura que no perdona. Dalí no inventó Cadaqués, solo lo firmó.
El pueblo sigue siendo de piedra y cal, con sus calles empedradas que destrozan los tobillos y los coches prohibidos en el centro. No hay paseo marítimo de cemento, ni bloques de apartamentos, ni la fealdad ordenada que arrasó el resto de la costa catalana en los sesenta. Aquí, por una vez, ganaron los que dijeron que no.
Es difícil llegar, no hay tren, la carretera es larga y mareante, y en verano aparcar es una penitencia. Todo eso, que parece un defecto, es exactamente su defensa. Cadaqués se ganó su aislamiento y lo defiende como un privilegio, porque sabe lo que le pasó a los pueblos que se dejaron conquistar.
Es difícil llegar y por eso vale la pena. Quien busca chiringuito, sombrilla y acceso fácil tiene cien kilómetros de costa más cómoda donde elegir. Quien aguanta la carretera encuentra el último pueblo de la Costa Brava que todavía se parece a sí mismo.