La mejor vista de Barcelona no está en el Park Güell. Está aquí arriba, en una plataforma de hormigón agrietado que durante la Guerra Civil fue una batería antiaérea, y que durante décadas después no le importó absolutamente a nadie.
Se sube andando, por un barrio de verdad que casi nadie pisa, el Carmel de las novelas de Marsé. No hay entrada, ni cola, ni torno, ni nadie cobrando por el panorama. La ciudad entera se abre de golpe: el mar, la Sagrada Família clavada en la trama, Montjuïc al otro lado, el Tibidabo a la espalda.
Durante años fue un secreto de vecinos y de cuatro que sabían. Subías una botella, te sentabas en el muro y tenías Barcelona a tus pies sin compartirla con nadie. Era de esos sitios que la ciudad guarda para los que se molestan en buscarlos.
El secreto duró exactamente lo que tardó internet en contarlo. Ahora, al atardecer, hay más gente de la que el sitio aguanta, con sus altavoces y sus latas, y el ayuntamiento ya ha tenido que poner horarios y vigilancia. La maldición de siempre: lo que todos descubren, todos estropean.
Ve temprano, ve un martes, ve en invierno. El truco nunca fue el sitio, fue la hora. A las ocho de la mañana, con la ciudad despertando entre la bruma y el hormigón todavía frío, los búnkers vuelven a ser lo que eran: el mejor mirador de Barcelona, y gratis.