Uno de los bares más antiguos de Barcelona lleva funcionando desde que Napoleón todavía era una amenaza. Abrió en 1820 y desde entonces no ha cambiado las lámparas, ni las botellas polvorientas del fondo, ni la costumbre de servir absenta como se servía hace dos siglos.
El ritual es el mismo de siempre: el terrón de azúcar sobre la cuchara perforada, el agua que cae despacio hasta que el verde se vuelve opaco y lechoso. No es un número montado para turistas. Es la manera correcta, la única que aquí conocen, repetida tantas veces que ya nadie la piensa.
Las paredes llevan más de cien años sin pintarse y huelen exactamente a eso: a humo viejo, a madera, a las miles de noches que han pasado por dentro. Los espejos están manchados, las sillas cojean, y todo ello forma parte del pacto. Quien quiere pulcritud que vaya a otra parte.
Por aquí pasó el Raval entero en sus distintas vidas: el barrio chino, los marineros, los poetas, los borrachos con estilo y los sin estilo. El Marsella los sobrevivió a todos sin pedir permiso a ninguna moda, porque nunca tuvo intención de gustar, solo de seguir abierto.
Hay sitios que sobreviven por inercia y otros por dignidad; el Marsella es de los segundos. Siéntate, pide una absenta aunque sepas que te va a costar la noche, y entiende que estás bebiendo dentro de un trozo de ciudad que se ha negado, tozudamente, a desaparecer.